Archivo de la categoría: traducción médica

Breve repaso histórico a la variación terminológica

En el artículo «La terminología médica: diversidad, norma y uso» José Antonio Díaz Rojo hace un breve repaso histórico al problema de la variación terminológica y a los diferentes modos en que se ha abordado este fenómeno desde los estudios terminológicos. Os ofrezco un breve resumen de este artículo y mi humilde opinión sobre este problema que a menudo complica tanto el trabajo de los traductores.

La variación terminológica, entendida como la existencia de diferentes términos para designar un mismo concepto y la existencia de varios significados para un mismo término, ha sido tradicionalmente considerada un problema y un obstáculo para el avance de la ciencia y la comunicación científica. Por este motivo, la solución clásica a este problema  ha estado centrada en reducir la variación y en establecer un término normativo para cada concepto y un concepto para cada término. Esta solución ha sido defendida por autores como Lavoisier, P.Chaslin o William H. Stewart, entre otros. Dentro de esta tendencia clásica encontramos la creación de las clasificaciones y las nomenclaturas, como la nomenclatura química de Guyton de Morveau y Lavioisier, o la nomenclatura anatómica.

Sin embargo, esta solución clásica no ha resuelto el problema de la variación terminológica, sino que, muy al contrario, en ocasiones la ha aumentado debido a los inconvenientes que presentan las nomenclaturas y clasificaciones anteriormente citadas. Entre estos inconvenientes, encontramos la proliferación de obras normativas creadas por distintos comités. Este puede ser un grave problema para trabajadores de la lengua como traductores y editores, concretamente de especialidades como la traducción médica. En este caso, es obligación del traductor investigar por qué comité de normalización se rige el cliente o país para el que está trabajando, especialmente para documentos como los consentimientos informados o los protocolos de ensayos clínicos. De la misma forma, traductores y correctores deben estar informados sobre los cambios de denominaciones, que, como afirma José Antonio Díaz, vienen motivados en muchas ocasiones por modas políticas o culturales.

Según este autor, otro de los inconvenientes de las clasificaciones sería la aprobación de términos innecesarios que no reflejan el uso real de la lengua así como la falta de depuración de incorrecciones en el proceso de normalización lingüística. Estos problemas, a mi parecer, no son exclusivos de la terminología médica, sino que reflejan la situación real que viven muchas de las lenguas en proceso de normalización.

La obligada necesidad de escoger un solo término para cada concepto también puede originar un conflicto entre dos o más criterios de selección de términos, así como competencias terminológicas compartidas por ciencias diferentes en el caso de pertenencia de un mismo término a diversas disciplinas. Por último, José Antonio Díaz cita la incapacidad de establecer la terminología perteneciente a disciplinas nuevas sometidas a cambios frecuentes, como fue el caso de la genética hace unos años. En este caso, creo que la solución pasaría por dar tiempo a la nueva disciplina para realizar las investigaciones y descubrimientos pertinentes que permitan fijar una terminología coherente y que refleje la realidad científica.

Todos estos problemas derivados de la idea de armonizar la diversidad han llevado a la terminología actual a un proceso de renovación que pasa por reconocer  dicha diversidad como un hecho natural e intrínseco de toda lengua y sector del leguaje. Aún sin rechazar la idea de la necesidad de uniformidad terminológica, la terminología actual se centrará en controlar la variación y adaptar las actuaciones terminológicas a cada situación. Estas actuaciones terminológicas podrán concretarse en la unificación, la armonización o la normalización. En el caso de la traducción médica, creo que la unificación —correspondiente con la intervención de la terminología tradicional— puede ser necesaria en géneros textuales como los protocolos de ensayos clínicos o los consentimientos informados. Por otra parte, la armonización puede ser interesante y necesaria en géneros como los informes médicos y los artículos de investigación. En cuanto a la normalización, creo que es la actuación terminológica común en grupos de investigación o comités médicos.

Dentro de estas actuaciones, en el proceso por el que un término alcanza la condición de normativo es necesario considerar el problema de la autoridad, es decir, el mecanismo social por el que el término llega a ser usado por la comunidad científica. Estos mecanismos son diferentes según las disciplinas, y podemos distinguir mecanismos de legitimación científica, técnica o jurídica. Según José Antonio Díaz, la legitimación científica, es decir, la derivada del debate mantenido en documentos privados, regula la terminología de las ciencias médicas básicas, juntamente con la legitimación técnica, que se produce en muchas ocasiones al margen del debate científico. Por otra parte, la legitimación jurídica afecta a las terminologías de las técnicas, aparatos e instrumentos médicos.

Esta autoridad repartida en la legitimación de la terminología médica puede solucionarse, según el autor, favoreciendo y difundiendo aquellos términos que tengan más posibilidades de implantación. Sin embargo, en ocasiones es difícil prever las posibilidades de implantación de un término, ya que estas no siempre vienen definidas por el sistema fonológico de la lengua o la semántica, sino que a veces dependen de factores psicológicos, sociales y culturales. En mi humilde opinión, esto demuestra una vez más la necesidad de considerar los términos como una entidad en sí misma diferentes de las palabras y de crear una teoría de la terminología que permita la colaboración constante entre disciplinas como la lingüística, la sociología o la política.

Terminología y normalización lingüística en traducción médica

Hoy os presento un resumen-comentario de la ponencia «terminología y normalización lingüística», en la que Mª Teresa Cabré analiza la relación entre la terminología y la normalización a través de un análisis de la necesidad de la terminología, los distintos conceptos de normalización, la actividad terminológica en el marco de normalización de una lengua  y de la promoción de la terminología en este mismo marco.

Según Mª Teresa Cabré, la terminología debe ser entendida desde su triple vertiente. En primer lugar, la terminología debe entenderse como un conjunto de necesidades relacionadas con la comunicación de conocimientos especializados de una disciplina. En este sentido, es importante recalcar que estas necesidades las deben cubrir todos aquellos que participan en la representación, expresión, comunicación y enseñanza del conocimiento especializado en todos los ámbitos en los que la lengua desea ser útil. En segundo lugar, la terminología es un conjunto de prácticas que se concretan en aplicaciones determinadas destinadas a satisfacer dichas necesidades. Y por último, la terminología debe entenderse como un campo de conocimiento interdisciplinario integrado por elementos de las ciencias del lenguaje, del conocimiento y la comunicación y susceptible de ser tratado científicamente en sus vertientes teórica, descriptiva y aplicada.

Es en esta última vertiente donde Mª Teresa Cabré compara los términos y las palabras del léxico común desde un punto de vista gramatical, formal, semántico y pragmático. Según la autora, gramaticalmente, tanto los términos como las unidades del léxico común pertenecen a una lengua, y por tanto ambos se forman a través de la misma morfología y se combinan con las reglas de la misma sintaxis. Aunque estoy de acuerdo con esta afirmación, creo que es necesario tener en cuenta que los términos especializados, especialmente aquellos utilizados exclusivamente en contextos específicos, se forman habitualmente a través de procesos morfológicos muy concretos (principalmente la derivación y la composición), lo que nos permite establecer un límite entre palabras y términos, que aunque borroso, puede ser necesario para la creación de una teoría de los términos dentro del marco de la teoría del lenguaje. Esta teoría, a su vez, sería de gran utilidad para los procesos de normalización de la terminología.

A partir de la descripción que Mª Teresa Cabré nos ofrece de los escenarios de comunicación especializada y de su definición de normalización, podemos decir que los procesos de normalización serán diferentes dependiendo del escenario de comunicación especializada en los que se produzcan. Si esta normalización tiene lugar en escenarios de producción y transmisión del conocimiento nuevo de alto nivel, generalmente será una normalización institucional o internacional que dará lugar a una terminología planificada. En los contextos de transmisión espontánea de conocimiento especializado nuevo, esta normalización sería contraproducente siempre que la investigación esté en curso y podría llegar a condicionar su evolución. En este caso, nos encontramos pues con procesos de autorregulación que dan lugar a terminología espontánea.

En lo que la autora describe como «escenarios de transmisión del conocimiento especializado producido por otros grupos», es responsabilidad de los actores que trabajan en estos contextos estar al día de la normalización que se da en el primer escenario descrito, aunque también es frecuente que se den procesos de normalización internacional en estos grupos. En cuanto a los contextos comunicativos en los que la terminología es solo una herramienta para ordenar el conocimiento, los procesos de normalización serán prácticamente nulos, pues los actores recurren a la terminología normalizada por el uso o por alguna institución. Por último, creo que es interesante hablar del papel de la normalización en los escenarios de amplia divulgación del conocimiento especializado. El nivel de variación terminológica que se da en estos contextos puede llegar a desterrar términos previamente normativizados en contextos institucionales (la autorregulación puede dominar a la normalización institucional e internacional). Será entonces cuando habrá que valorar la necesidad de idear medidas interventivas puntuales para la implantación de las formas normalizadas en el medio real de comunicación.

A modo de conclusión de su ponencia, la autora expone las diferentes opciones que tiene una comunidad a la hora de difundir sus innovaciones y elegir la lengua de la terminología especializada. Por una parte, existe el uso generalizado de una lengua común —generalmente el inglés— para las transacciones de conocimiento. Por otra parte, hay voces que se niegan a eliminar la posibilidad de que cada lengua desarrolle sus denominaciones de acuerdo con su estructura y abogan por la creación de una terminología especializada propia. Por último, existen aquellos que aceptan la necesidad de recurrir a los préstamos, e incluso que estos se instalen como denominaciones de referencia cuando sea necesario, pero que defienden el uso de estructuras más acordes con la lengua de recepción.

Personalmente, creo que el uso de préstamos tendría que entenderse como un método más de creación de términos, siempre y cuando se haga con sentido común, es decir, evitando los préstamos como único recurso para la creación de una terminología especializada pero también la normalización de estructuras que formalmente están más acordes con la lengua de recepción pero que no responden al uso real que hacen los nativos de la lengua.