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Terminología y normalización lingüística en traducción médica

Hoy os presento un resumen-comentario de la ponencia «terminología y normalización lingüística», en la que Mª Teresa Cabré analiza la relación entre la terminología y la normalización a través de un análisis de la necesidad de la terminología, los distintos conceptos de normalización, la actividad terminológica en el marco de normalización de una lengua  y de la promoción de la terminología en este mismo marco.

Según Mª Teresa Cabré, la terminología debe ser entendida desde su triple vertiente. En primer lugar, la terminología debe entenderse como un conjunto de necesidades relacionadas con la comunicación de conocimientos especializados de una disciplina. En este sentido, es importante recalcar que estas necesidades las deben cubrir todos aquellos que participan en la representación, expresión, comunicación y enseñanza del conocimiento especializado en todos los ámbitos en los que la lengua desea ser útil. En segundo lugar, la terminología es un conjunto de prácticas que se concretan en aplicaciones determinadas destinadas a satisfacer dichas necesidades. Y por último, la terminología debe entenderse como un campo de conocimiento interdisciplinario integrado por elementos de las ciencias del lenguaje, del conocimiento y la comunicación y susceptible de ser tratado científicamente en sus vertientes teórica, descriptiva y aplicada.

Es en esta última vertiente donde Mª Teresa Cabré compara los términos y las palabras del léxico común desde un punto de vista gramatical, formal, semántico y pragmático. Según la autora, gramaticalmente, tanto los términos como las unidades del léxico común pertenecen a una lengua, y por tanto ambos se forman a través de la misma morfología y se combinan con las reglas de la misma sintaxis. Aunque estoy de acuerdo con esta afirmación, creo que es necesario tener en cuenta que los términos especializados, especialmente aquellos utilizados exclusivamente en contextos específicos, se forman habitualmente a través de procesos morfológicos muy concretos (principalmente la derivación y la composición), lo que nos permite establecer un límite entre palabras y términos, que aunque borroso, puede ser necesario para la creación de una teoría de los términos dentro del marco de la teoría del lenguaje. Esta teoría, a su vez, sería de gran utilidad para los procesos de normalización de la terminología.

A partir de la descripción que Mª Teresa Cabré nos ofrece de los escenarios de comunicación especializada y de su definición de normalización, podemos decir que los procesos de normalización serán diferentes dependiendo del escenario de comunicación especializada en los que se produzcan. Si esta normalización tiene lugar en escenarios de producción y transmisión del conocimiento nuevo de alto nivel, generalmente será una normalización institucional o internacional que dará lugar a una terminología planificada. En los contextos de transmisión espontánea de conocimiento especializado nuevo, esta normalización sería contraproducente siempre que la investigación esté en curso y podría llegar a condicionar su evolución. En este caso, nos encontramos pues con procesos de autorregulación que dan lugar a terminología espontánea.

En lo que la autora describe como «escenarios de transmisión del conocimiento especializado producido por otros grupos», es responsabilidad de los actores que trabajan en estos contextos estar al día de la normalización que se da en el primer escenario descrito, aunque también es frecuente que se den procesos de normalización internacional en estos grupos. En cuanto a los contextos comunicativos en los que la terminología es solo una herramienta para ordenar el conocimiento, los procesos de normalización serán prácticamente nulos, pues los actores recurren a la terminología normalizada por el uso o por alguna institución. Por último, creo que es interesante hablar del papel de la normalización en los escenarios de amplia divulgación del conocimiento especializado. El nivel de variación terminológica que se da en estos contextos puede llegar a desterrar términos previamente normativizados en contextos institucionales (la autorregulación puede dominar a la normalización institucional e internacional). Será entonces cuando habrá que valorar la necesidad de idear medidas interventivas puntuales para la implantación de las formas normalizadas en el medio real de comunicación.

A modo de conclusión de su ponencia, la autora expone las diferentes opciones que tiene una comunidad a la hora de difundir sus innovaciones y elegir la lengua de la terminología especializada. Por una parte, existe el uso generalizado de una lengua común —generalmente el inglés— para las transacciones de conocimiento. Por otra parte, hay voces que se niegan a eliminar la posibilidad de que cada lengua desarrolle sus denominaciones de acuerdo con su estructura y abogan por la creación de una terminología especializada propia. Por último, existen aquellos que aceptan la necesidad de recurrir a los préstamos, e incluso que estos se instalen como denominaciones de referencia cuando sea necesario, pero que defienden el uso de estructuras más acordes con la lengua de recepción.

Personalmente, creo que el uso de préstamos tendría que entenderse como un método más de creación de términos, siempre y cuando se haga con sentido común, es decir, evitando los préstamos como único recurso para la creación de una terminología especializada pero también la normalización de estructuras que formalmente están más acordes con la lengua de recepción pero que no responden al uso real que hacen los nativos de la lengua.